4 mar. 2012

A QUIÉN CORRESPONDA....

Por Diego Eróstegui


Caminamos como si no tuviéramos futuro y solo vemos una estación que se pudre con el paso del tiempo. El quejido y el llanto de los infieles ha superado ya la voz de mi inconciencia, y eso no puede ser soportado por una persona de exhausta fe como yo. Es por eso que he tomado la decisión, no sé si heroica, no sé si llena de miedo, de sublevarme a un prestigio desolado, el cual más allá de ser inoportuno podría ser considerado como imprudente.

No tengo certeza de cómo poder afrontar la decisión que yo, conciente de mis posibilidades, estoy dispuesto a efectuar. No sé de qué forma podría realizar un acto, que más que poco salvaje es creación del pensamiento y lenguaje errado del ser humano. Me pongo a pensar, será necesaria una carta de bienvenida, de despedida, de agradecimiento, de rechazo, una explicativa, un memorándum, un curriculum o un testamento. Yo la verdad no lo sé. Sé que no debería importarme, que este es un acto para mi, que lo que hago solo me debe afectar como un periodo premórbido, objetivo de alcanzar una paz eterna que sería el silencio de pensamiento. ¡Porque! es que estoy pensando en los modos y maneras de realizar un acto de esta magnitud, de crear una devastación definitiva del tiempo y retener en mi mente las ideaciones que podría generar, ideaciones cuyo único objetivo han sido perderme en el abismo de la religión, en el agujero errado de la angustia y en la apertura de una puerta y un terreno.

Si mi madre pudiera saber lo que estoy haciendo o si Dios entendiera como la resiliencia me ha vencido, sería otro contexto, mi historia pesaría de forma distinta. Las decisiones no partirían del cuerpo y aunque la crítica me combata afirmo que partirían del alma. Con su permiso, me explico: tendría vergüenza de hacer lo que hago o ser lo que siento y por supuesto, seguiría vivo, seguiría trabajando, ayudando, prodigando como todo buen servidor es. Pero, por suerte mía y debo agradecerles desde lo más profundo de mi alma por ello, he sido olvidado, la máscara de la sociedad y la sonrisa de cura desvalido me han permitido enajenarme, ser un objeto y así tomar la decisión de una muerte que más allá de la de un ser vivo pesaría simplemente como un desperdicio.

Así que con su permiso, habiendo acabado mi último acto social, que tras haber pensado un breve tiempo del año he entendido obrar. Me despido atentamente de todos aquellos familiares a mi como persona con esta pequeña carta excusativa, que espero no la tomen a mal o a soberbia, pues es simplemente una incoherencia.

Que tengan un lindo día, Dios los bendiga.

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