12 dic. 2011

El Triunfo del Hacedor

Por David Julián Cors Cors

Es curioso que a mi madre la hubiera tocado educarme cuando ya no vivía con ella, cuando empecé a sentir mis primeras perturbaciones espirituales, las primeras de muchas. Posiblemente fue por su falta y con ella la falta de una educación religiosa rígida la que me hizo concluir que era Schopenhauer quien guardaba el secreto de la existencia y no así Dios a quien me resistí durante mucho tiempo, aunque la victoria no sería de aquel filósofo sino del hacedor.

Los gravámenes de piedras perdidas y lejanas también resultaron siendo capaces de quitarme el sueño y subsumirme en profundas depresiones, lo mismo que el transcurrir de la vida y el transcurrir de tu ausencia. Así pasé la juventud, empecinándome en la vejez, un artificio mío para suplirte. De todas maneras heme aquí nuevamente; tú, mi opuesta sigues distante por aquel camino donde no puedo seguirte.

Hace poco, quiero creer, me diste a Delibes con quien releo nuestra vida; tú siempre fuiste esa imagen vívida sobre este fondo gris de la vida y sigo siendo el mismo de antes pues me adelanté a vivir y di la vida por vivida, la sufrí entre páginas, al principio inexplicable y después confusa, la sufrí entre humo, como una mancha difusa, como un dada frente mío, como aquel “Picasso” que colgaste en nuestro estudio, como los niños a los que vimos crecer y luego nos abandonaron.

Me quedé con tus sonrisas y tus intermitencias, esos cambios abruptos que me obligaban a dejarte sola y reencontrarte de nuevo acariciando alguna flor en nuestro jardín; hoy esos recuerdos me acompañan para suplirte en el jardín, en nuestra cama, en nuestro estudio. Hoy la casa ya no es nuestra, es tan solo mía, así como la vida y los sueños que antes discutíamos acuciosos.

Fue Federico quien me contó de mi soledad, fue él quien me condujo al hospital mientras yo permanecía mudo al lado suyo en el auto; Isabel y Pablo ya estaban ahí rodeándote mientras los niños esperaban en el pasillo, salieron a mi encuentro por dulces pero yo no había llevado ninguno con el apuro, Lucía se quedó viéndote por la ventana, desde el primer instante fue mi preferida sobre sus hermanos, yo hice caso omiso a los nietos, nunca me importaron ellos o sus padres, nunca pude comprender una relación de más de dos, tú quisiste hijos y yo los quise para ti.

Dejé de escribir cuando cedió tu pulso, segundos después de que me dijeras que me reconciliara con Dios o sino no me verías de nuevo, incluso lo dijiste sonriendo, mi adiós fue una sonrisa dolida y el tuyo una carcajada casi muda. Así fue que me recluí a la casa en que vivimos saliendo tan solo por víveres y algunos libros.

Poco a poco mi pensamiento se va incluso de ti y vuelve para encontrarme rodeado de silencios, estoy pronto a encontrarte.

La espera me enferma y quiero enfermar.

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